36 veces duró mas que sus rivales sobre el cuadrilátero. En 1999 la Reina de Inglaterra le concedió la orden del imperio británico. The Price. El Príncipe Naseem estaba en lo más alto.
Naseem Hamed mitad británico mitad yemení. Nació en Sheffield en 1974. Boxeador profesional durante diez años. Se retiró sin confirmarlo a los 28 años. Sin amagar. Sin cubrirse. Así boxeaba. Brazos caídos y guardia descuidada. Mostrando la mandíbula a su rival mientras su juego de pies consistía en un baile provocativo. Heterodoxia pugilística no acta para puristas. Era un rayo con una pegada demoledora. 31 caos lo avalan. Igualó el record de la leyenda Rocky Marciano. 35 victorias por ninguna derrota. Pero Naseem tenía otro estilo.
Lo mismo se presentaba en el cuadrilátero bailando al son de una música atronadora que descendiendo en un ascensor o aterrizando con una alfombra voladora. Espectáculo puro. Provocador innato. Magia. Clase.
Se le podía ver dejándose dar un golpe, entrar al ring dando una voltereta o simulando un desvanecimiento después de recibir un croché flojo y lejano. Así ganó cuatro títulos mundiales. Y se vino arriba. Se lo creyó, como otros muchos genios de lo suyo y se abandono. Pero el no lo sabía.
El combate del 7 de abril de 2001 en las Vegas se retraso una hora por culpa de los fuegos artificiales que hacían de presentación del Príncipe. En el otro rincón esperaba el mexicano Marco Antonio Barrera. Un pinche pendejo correoso, serio y duro. El número 43 en el listado de “Los 50 Mejores Boxeadores de la Historia”. Siete veces campeón del mundo. Un profesional.
Hamed era favorito 3 a 1 en las apuestas en Las Vegas. Los jueces dieron, por decisión unánime, campeón al mexicano. Doce asaltos encajando golpes. Perdió la genialidad, ganó la constancia.
The Prince desapareció poco después del mundo del boxeo sin colgar los guantes. Dicen que ya no es ágil, ni rápido y que ahora tiene peso pesado. Yo le sigo recordando esquivando los golpes solo con la cintura, con las manos bajas. Esperando a oscuras frente al televisor un viernes noche cualquiera que el Príncipe celebrara un knock down dando una voltereta.